El movimiento “slow” (lento) se ha convertido en toda una filosofía de vida. El primer concepto en utilizarse fue el “slow food”, una iniciativa surgida en Roma tras la inauguración de un McDolands en la Piazza di Spagna. El movimiento tenía como objetivo recuperar el tiempo para disfrutar de la comida sana, alejándose de los productos envasados hechos para consumir de forma rápida.
Actualmente, el “slow food” cuenta con más de 80.000 seguidores alrededor de 50 países, que tienen su punto de encuentro en 800 grupos locales. El concepto “slow” ha calado tan hondo que han surgido nuevas ideas de aplicación. Una de las más destacadas es el “slow work”, es decir, el trabajo que se realiza con calma y dedicación, cuidando los detalles y disfrutando del proceso de creación.
Evidentemente, el “slow work” no es aplicable en todos los sectores profesionales, pero aún así ha conseguido hacerse un hueco. En determinados ámbitos, es posible ponerlo en práctica durante el verano, cuando la carga de trabajo es menor.
Las principales características del “slow work” son las siguientes:
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Focalización: una de los fundamentos básicos del “slow work” es el enfoque en una tarea determinada, dedicando todo nuestro esfuerzo a la misma. La multi-tarea suele acarrear más estrés y conlleva más interrupciones, por lo que no se corresponde con el concepto. Si se junta mucho trabajo, se prioriza un orden o incluso se buscan nuevos empleados que puedan dedicarse plenamente a un proyecto.
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Pausas: según la filosofía del “slow work”, para ser realmente productivos debemos hacer unos mínimos descansos. Estas pausas nos permiten recargar pilas y retomar el trabajo con la mente despejada y con más fuerza.
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Cuidado: para las empresas que siguen la filosofía, es más importante que los clientes estén contentos que ofrecer servicio a más clientes pero de peor calidad. El “slow work” apuesta por los proyectos que se realizan con la máxima dedicación, pensando en establecer relaciones profesionales a largo plazo.
